El Oro y el Moro

By 25 enero, 2018Blog

Hace poco mantuve una conversación con un trabajador de la empresa que dirijo. Tras explicarle mi forma de ver las cosas, las líneas de actuación que guiarían mi mandato, lo que para mí era prioritario y lo que esperaba de los trabajadores a mi cargo, le cedí la palabra, diciéndole que era el momento de expresar sus opiniones al respecto… El trabajador, un tipo firme y seco, habló sobre su presencia en la compañía, su origen, su pasado, sus éxitos y sus decepciones; en un momento dado, me dijo: “…Usted viene aquí prometiendo el oro y el moro…” y siguió su breve discurso de presentación y desahogo. Al terminar, no pude por menos que comentarle que, de todo lo que había dicho, esa frase era la que más me había impactado y, en cierto modo, molestado. En realidad, no me sentí molesto con él, pero sí injustamente valorado, por lo que de inmediato le di respuesta.

Cuando uno promete esfuerzo, dedicación, intentar ser justo en sus decisiones, tratar a todos los trabajadores como compañeros, unir esfuerzos para alcanzar un objetivo común, luchar por regularizar las actividades de la compañía que no están correctamente implantadas, darles medios para ser más productivos, luchar por salarios dignos para todos… sinceramente, no creo que esté prometiendo imposibles, sino simplemente dedicación, esfuerzo, compromiso y responsabilidad a la hora de gestionar, con el fin último de orientar la compañía hacia un objetivo común para todos sus integrantes:  el éxito.

Al ser designado para dirigir una compañía, el “afortunado” adquiere, al mismo tiempo, una enorme responsabilidad: la de hacer que esa compañía funcione bien, cumpla normas y obtenga los resultados que los accionistas esperan y merecen; la dificultad es que, al mismo tiempo, debe hacerlo facilitando a los clientes los productos o servicios de calidad que esperan, y sin que ello suponga aprovechamiento desleal, explotación o menosprecio de los trabajadores, a los que siempre he considerado los protagonistas de la vida empresarial. Aunar todos esos factores, conseguir que todos ellos actúen en beneficio del conjunto y que, durante el camino, todas las partes alcancen el grado de satisfacción pretendido… ese es, en mi opinión, el verdadero mérito de dirigir una compañía.

Cuando uno pone su empeño, su esfuerzo diario y todo su leal saber y entender en fortalecer la compañía, respetando a todas las partes que intervienen en la gestión (clientes, proveedores, accionistas y trabajadores; asesores externos y profesionales de todo tipo) y luchando por alcanzar el éxito de forma honorable, creo que simplemente está actuando con responsabilidad y profesionalidad. Si prometer trabajar en esa línea es plantear quimeras, sueños imposibles… entonces es cierto, estaríamos engañando a la sociedad y a todos los participantes en el día a día de la compañía. Pero, apreciado trabajador, este no es el caso, aquí no hay ni oros ni moros, sólo profesionales honrados intentando #hacerlascosasbien.

Nadie dijo que alcanzar el éxito fuera fácil, pero no por ello debemos dejar de intentarlo. La “integridad, el #compromiso y el #respeto por los valores humanos, aunque infrecuentes, también pueden (y deben) ser parte de la gestión empresarial.

 

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