El recién llegado

By 31 julio, 2017Blog

La llegada de un nuevo directivo a una compañía suele ser fuente de incertidumbres y, en muchos casos, de tensiones. La naturaleza humana nos hace ser desconfiados ante los cambios,

pues se pueden romper las pautas y hábitos que normalmente nos sitúan en zonas de confort, haciéndonos sentir cómodos; de ahí que los trabajadores le reciban, en la mayoría de casos, con una confusa mezcla de sentimientos: escepticismo, recelos, esperanza, expectación, desconfianza… un poco de todo. Por ello resulta esencial que cualquier proceso de cambio directivo se lleve a cabo con naturalidad, sencillez y transparencia, de tal modo que nadie pueda sentirse amenazado en su situación laboral y personal.

Con carácter previo, la empresa habrá debido informar a la plantilla de los cambios que pretende introducir, de manera que el recién llegado no se vea sometido a posturas enfrentadas que puedan degradar las relaciones profesionales antes incluso de iniciar su proceso de adaptación.

Cuando aterrizas en una compañía, uno de los retos más difíciles para cualquier gestor es el de convencer al personal de que no eres “el enemigo”. No existe una forma concreta para hacerlo correctamente, las vías pueden ser muy distintas; y eso sin olvidar aquello de que “cada maestrillo tiene su librillo”. Sin embargo, hay algunas pautas que todos podemos seguir para ganarnos la confianza de la plantilla o, al menos, obtener un “período de gracia” que nos permita poner en marcha nuestro plan de trabajo y, con el tiempo, demostrar nuestras capacidades y ganarnos su respeto.

Bajo mi criterio, lo primero que “el nuevo” debe transmitir, de palabra y con sus actos, es su posicionamiento ético: los valores que presidirán su desempeño profesional desde el minuto cero. De esta forma, señalando con nitidez el camino a seguir, el personal percibirá que no es una amenaza, sino una oportunidad para la mejora de la empresa y, por ende, de todos sus integrantes. No digo que esto sea fácil, porque en toda empresa existen sin duda relaciones, intereses y conductas que el recién llegado desconoce; pero, por difícil que resulte, al comunicar las líneas maestras de su gestión debe dejar claro que la integridad es un objetivo irrenunciable.

Entre las habilidades que deberá desplegar el directivo hay una básica: la naturalidad. Al fin y al cabo, se trata de un empleado que llega para desempeñar una labor profesional en beneficio de la compañía, como cualquier otro trabajador. Distintas misiones, pero un mismo objetivo: el beneficio de la empresa. Comportarse con naturalidad y mostrar empatía son elementos esenciales para iniciar su andadura con buen pie.

Un error muy común de los directivos recién llegados es tomar decisiones con demasiada precipitación. Es muy importante darse tiempo, analizar con calma la situación global de la compañía, aprender del entorno y reflexionar sobre lo observado. Nadie espera que un directivo tome decisiones de cierto calado de forma inmediata, porque se sobreentiende que antes de modificar el rumbo de la empresa debe saber hacia dónde se dirige. Los empleados, proveedores o clientes, incluso los bancos, estarán expectantes, analizando el comportamiento del recién llegado, su postura ante la información que recibe cada día, pendientes de cómo reacciona ante cada cuestión. Tomar decisiones precipitadas sobre la situación observada puede llevarte a cometer graves errores de juicio.

El directivo deberá igualmente potenciar y ejercer responsablemente el dialogo. Su capacidad de escuchar demandas o críticas y analizarlas con objetividad y voluntad de mejora hacen que un jefe se posicione como líder. En estos términos, la jerarquía no entra en juego: el respeto de la plantilla no se gana ejerciendo el mando unilateralmente, sino demostrando mano izquierda, sensibilidad y capacidad de gestión para convertir las debilidades y demandas planteadas en oportunidades de mejora de la organización. Los trabajadores esperan contar con un jefe que les escuche, que reciba sus opiniones, sugerencias o quejas con generosidad y altura de miras, entendiendo que antes que trabajadores son personas. Si el recién llegado les escucha y les hace sentirse así, personas, tendrá mucho ganado.

Resulta esencial el talante ante las críticas, porque es mucho más difícil ponerse en la postura del otro cuando se trata de un subordinado. Muchos directivos piensan que el cargo que ocupan les reviste de un nivel superior, una altura a la que los trabajadores no pueden acceder, y que por ello no tienen que tolerar, y mucho menos atender, ciertas críticas. Pero nada más lejos de la realidad. La crítica de los trabajadores hacia la compañía suelen identificar puntos de alta tensión, disfunciones organizativas que deben ser resueltas. Normalmente un trabajador no emite críticas gratuitas hacia su propia empresa, a no ser que se considere realmente afectado por injusticias, maltrato o comportamientos indebidos. Cierto que en ocasiones esas críticas pueden esconder posturas interesadas, pero si el recién llegado es capaz de escucharlas, sin duda podrá distinguir las gratuitas de aquellas otras que representan problemas a resolver y, por tanto, oportunidades de mejorar el clima laboral. En definitiva, se trata de escuchar, analizar y tratar de comprender por qué esos trabajadores piensan así. Y, conocidas las razones, combatir los comportamientos indebidos buscando la resolución de los problemas que generan tensiones laborales.

Nunca dejo de admirar una cita de Richard Branson, fundador de Virgin Group:

“En la empresa lo primero no son los clientes, son los trabajadores; cuida de ellos y ellos cuidarán de tus clientes”.

Compártelo

USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Más información.

ACEPTAR