La formación también es cosa nuestra

By 2 noviembre, 2017Blog

Algunos datos hablan por sí solos: en un estudio recientemente publicado sobre Capital Humano, realizado por el Foro Económico Mundial – que mide variables como la alfabetización, la tasa de graduados universitarios, el desempleo, el conocimiento productivo o la disponibilidad de empleados cualificados – España ocupa el lugar 44 de un total de 130 países analizados en cuanto al talento de sus empleados; y si hablamos sólo de la Unión Europea, nuestro país figura en el penúltimo lugar, tan solo por encima de Grecia. Es decir, padecemos un déficit formativo crónico, que empobrece a nuestras empresas y nos debilita a todos.

Aquellos que hayan seguido mis posts a lo largo del tiempo sin duda habrán podido constatar mi permanente reivindicación de acciones formativas para los trabajadores, artífices últimos de las tareas que hacen posible la competitividad de las empresas; reivindicación dirigida principalmente a los responsables empresariales, dado que muchas organizaciones públicas sí que facilitan, con su voz y sus hechos, la formación y preparación de los empleados. Son, en efecto, las empresas, principalmente las pymes, quienes más dificultades ponen para impulsar la cualificación de sus trabajadores, con argumentos tan poco serios como que no resulta necesaria, que genera costes o que resta tiempo efectivo de trabajo a sus plantillas. Olvidan estos dirigentes que una plantilla bien formada y altamente cualificada representa un valor enorme para sus empresas, aportando conocimiento, talento y productividad en un mercado permanentemente cambiante, en el que ni siquiera los mejores tienen garantizada su supervivencia.

Pero no son solo los dirigentes los responsables de la falta de formación en las empresas. Por desgracia, los propios trabajadores somos responsables también de la baja cualificación que preside las estadísticas sobre el tema.

En mi trayectoria profesional siempre he tratado de mantenerme al día, asistiendo a cuantos cursos o seminarios considerase necesarios para hacer mejor mi trabajo. Y como directivo, he tratado de impulsar la formación en mi entorno, considerándola un factor diferenciador, que aporta calidad y solvencia a los productos o servicios de la empresa. Sin embargo, confieso que he tenido suerte dispar. He promovido múltiples acciones formativas en distintas empresas y sectores, pero en demasiadas ocasiones me he llevado una gran decepción ante la falta de interés mostrada por trabajadores de todo nivel, desde los puestos más bajos de la escala hasta mandos intermedios y directivos.

En algunas empresas encontré hambre formativa, ganas de aprender, voluntad e interés. Pero en otras… dejen que les cuente algo. En cierta ocasión me ofrecí para formar a mis compañeros en materias comunes a todos, desde el funcionamiento esencial del sistema de calidad implantado hasta fundamentos básicos de informática para no iniciados. Puse a disposición de todos ellos mi tiempo libre, ofreciendo tardes de formación para aquellos que quisieran aprender un poquito de esos temas, vigentes en su entorno laboral y válidos para todos. Pero ¿saben lo que resultó? Esas tardes, robadas a mi tiempo libre, las pasé solo, porque ningún compañero acudió; con una plantilla de unos 50 empleados, ni uno solo tuvo el menor interés en atender mi oferta. Ninguno dedicó un minuto de su tiempo libre a aprender cosas que le vendrían bien, que le harían mejor trabajador. Puedo entenderlo perfectamente, por supuesto; se está mejor en la playa, tomando unas cervezas con los amigos o paseando por un parque… Sin embargo, no puedo compartirlo. Además, muchos de estos trabajadores formaban parte del grupo de los que se quejaban porque su salario no subía o porque su categoría era menor de la que creían merecer. Lamentablemente, los trabajadores con estas actitudes son siempre los primeros en la lista de “prescindibles” si la empresa tuviera que recortar plantilla, pero ¿alguien puede criticarlo?

Entre los argumentos más poderosos para fomentar la formación de los trabajadores, siempre hablo de la necesidad de desempeñar las tareas de la mejor manera posible, de la empleabilidad, de las posibilidades de mejora que ofrece la formación… pero, sobre todo, recuerdo a los trabajadores que las cosas aprendidas forman parte de la experiencia vital de cada uno, que nos las llevaremos “puestas” si dejamos nuestra actual empresa, que se trata de un activo que nadie puede quitarnos… No obstante, he fracasado en más de una ocasión.

Todos nuestros actos tienen consecuencias. Y la pasividad también. A veces olvidamos que un contrato es un acuerdo entre partes, en el que la empresa abona un salario al trabajador a cambio de su trabajo; pero no de un trabajo vulgar o mal hecho, sino de un trabajo bien desempeñado. Por ello, al igual que las empresas tienen la obligación de formar a sus empleados en las materias propias de su actividad, los trabajadores tenemos la obligación y la responsabilidad de formarnos para alcanzar el mejor desempeño posible de nuestras obligaciones laborales. Si no lo hacemos, si no nos esforzamos por ser mejores trabajadores, estaremos incumpliendo nuestro contrato, restando productividad a nuestra empresa. Y, lógicamente, acabaremos padeciendo las consecuencias de nuestra falta de interés.

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