(Morir de éxito I) Errores comunes: Inversiones mal planificadas

By 29 mayo, 2017Blog

Todos conocemos casos de empresas que, tras años de reconocimiento, notoriedad y beneficios, acaban manteniendo una presencia casi testimonial o incluso desaparecen del mercado; empresas que en su día alcanzaron la gloria del éxito, crecimientos espectaculares, grandes beneficios… líderes en su sector de los que ahora nadie se acuerda. Muchas de estas empresas se encuentran así porque alcanzaron el éxito y no supieron gestionarlo. Por eso es tan importante aprender de los errores y basar nuestras decisiones en criterios de prudencia y buena gestión. Con este post inicio una serie en la que comentaré errores comunes que cometen algunas empresas cuando las cosas van bien, y que las llevan a morir de éxito.

Uno de los errores en los que más frecuentemente incurren las empresas es el de tener mucha prisa por crecer. La empresa alcanza el éxito con un producto o servicio, las ventas suben, sus resultados son muy buenos y percibe la oportunidad de mejorarlos si amplía su capacidad productiva… Llega la ansiedad, la prisa por adquirir tamaño para aprovechar el momento; nuevas instalaciones, nueva maquinaria, ampliamos plantilla y listo! Nos metemos en la vorágine del crecimiento rápido, porque los beneficios son cosa segura y no hay que perder tiempo.

En casos como este, muchas empresas deciden invertir con muchas prisas, olvidando que las inversiones deben obedecer a una planificación bien ejecutada. Si no cuentan con recursos propios, recurren a las instituciones financieras en la búsqueda de capital, pensando que sus futuros beneficios ayudarán a pagar ese préstamo sin problemas. Muchas, incluso, aceptan financiar a corto plazo inversiones estructurales que deberían planificarse a largo… Puede que las cosas salgan bien, pero los riesgos son grandes: si nuestro crecimiento ha sido estacional y no está consolidado, si pensamos que el mercado absorberá todo lo que produzcamos y luego no es así… podemos ver seriamente afectada nuestra estructura de costes y nuestra capacidad de pago, y eso nos pondrá en evidente peligro.

Cuando recurrimos a un préstamo, tenemos que asegurarnos de que los beneficios que obtenemos con la ampliación de nuestra capacidad productiva justifican sobradamente, de forma sostenida a lo largo del tiempo, el coste de ese nuevo endeudamiento, además de los costes asociados a la mayor producción. Y debemos ser conscientes de que adquirimos un compromiso económico inaplazable: tendremos que ser capaces de pagar puntualmente las cuotas aunque las cosas nos vayan mal.

Por otro lado, aunque hayamos asegurado esa capacidad de pago, tal vez estemos ejecutando una inversión improductiva o poco oportuna. Por ejemplo, es posible que las prisas nos lleven a adquirir maquinaria que actualmente nos sirve, pero que en breve estará obsoleta; y también es posible que los beneficios que esperamos obtener con el incremento de las ventas no justifiquen una operación muy elevada, porque compromete nuestra capacidad de endeudamiento futuro o nos impide introducir líneas de productos de mayor rentabilidad….

En muchas ocasiones será preferible atender picos puntuales de demanda implementando dobles turnos, pagando horas extras o contratando más personal; es decir, aumentando las estructuras flexibles de la compañía y no su estructura de costes fijos.

Por ello, valorar todos los factores antes de ejecutar la inversión resulta esencial; una inversión a largo plazo no puede obedecer a impulsos ni prisas. Hemos de planificar las inversiones en su conjunto, intentando adquirir una visión de cómo será la empresa después de llevarlas a cabo, midiendo las obligaciones adquiridas y los riesgos que comportan: analizar el impacto sobre nuestra estructura productiva, valorar la tesorería necesaria en el futuro, los costes de mantenimiento, la vida útil prevista, las necesidades adicionales de capital o personal que acompañarán a la inversión… Sin olvidar, por supuesto, los factores externos: la posición de la competencia, la madurez del mercado, etc.

Todos los factores que intervienen en la puesta en marcha de la inversión deben reflejar una posición en la que a la empresa le resulta atractivo seguir adelante, en la que los beneficios esperados compensan sobradamente los costes que soportaremos, sin que ello suponga comprometer nuestra flexibilidad o nuestra solvencia a largo plazo. Si es así, si todos los parámetros son positivos, estaremos en el camino correcto hacia un futuro más sólido.

 

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